Andalucía es tierra de leyendas y caminos olvidados. En este apartado vamos a conocer a algunos de los bandoleros más importantes de nuestra historia, como El Tempranillo, El Vivillo y Pacheco. Acompáñanos en este recorrido por sus vidas, sus hazañas y los mitos que los convirtieron en iconos de la rebeldía y el honor en la sierra.
El Tempranillo
José María nació en Lucena en 1805 y fue adoptado por la familia Hinojosa en Jauja. Su vida dio un giro irreversible en 1822, cuando, tras un altercado en una romería, mató a un hombre en un duelo de navajas.
Huyendo a la sierra, nació la leyenda de «El Tempranillo», el bandolero más famoso de España. Su poder en el territorio era tal que llegó a desafiar al propio monarca Fernando VII con una frase que quedaría para la historia: » En España manda el rey, pero en la sierra mando yo».
Al frente de su numerosa partida, cometía robos dirigidos siempre contra los más ricos para repartir parte del botín entre los necesitados. Esta actitud le valió el sobrenombre de «bandido liberal», ganándose el respeto y la protección del pueblo.
Incapaz de derrotarlo por las armas, el Rey optó por otorgarle el indulto. Así, el antiguo fugitivo cambió de bando y pasó a dirigir una tropa armada encargada de perseguir a otros forajidos que aún asolaban los caminos.
Sin embargo, el destino le aguardaba en 1833. Durante un registro en el cortijo de Buenavista, cayó en una emboscada fatal. Herido por dos disparos, José María falleció tres días después, consolidando finalmente su paso de hombre a mito.
Hoy sus restos descansan en Alameda, donde aún se recuerda al hombre que fue bandolero, leyenda y el alma eterna de las sierras andaluzas.
El Vivillo

No era un bandolero cualquiera, desde niño su inteligencia deslumbraba a todos, mientras otros jugaban el ya tramaba planes que lo convertiría en una leyenda, el último gran bandolero de Andalucía.
El Vivillo y su banda disfrazados y perfectamente organizados esperaban el momento exacto con una audacia sin igual interceptaban los carruajes sin disparar una sola bala, su método era tan ingenioso que parecía más un truco de magia que un asalto, este fue el golpe que cimento su fama convirtiéndolo en el rey de los caminos, pero detrás del temido bandolero se escondía un hombre sorprendentemente sensible.
Joaquín amaba profundamente a su esposa y a sus hijas, su mayor deseo no era acumular riquezas sino darles la mejor educación posible, quería que leyeran, que aprendieran de arte y cultura todo lo que a él le fue negado.
Esta faceta nos muerta a un Vivillo que a pesar de su vida al margen de la ley tenía un corazón lleno de anhelos y ternura familiar, la presión de la guardia civil se hizo insostenible y El Vivillo tumo que tomar una decisión drástica, huir a Argentina.
Cruzo el atlántico buscando una nueva vida, pero su fama lo persiguió, fue detenido y escoltado de vuelta a España donde le esperaba un futuro incierto, sin embargo, su leyenda era tan grande que hasta el propio rey Alfonso XII se interesó se interesó por su caso y le concedió el indulto, un giro de guion digno de una película.
Ya libre, intento reinventarse en un mundo del rodeo, pero su destino parecía lejos de España, regreso a Argentina con su familia buscando la paz que tanto anhelaba.
Trágicamente, la muerte de su amada lo sumió en una profunda tristeza poco después, el hombre que había burlado a la ley y al destino encontró su final, así se apagó la vida de Joaquín Camargo, El Vivillo dejando tras de si un legado de astucia amor y leyenda.
Pacheco

A mediados del siglo XIX en una Andalucía marcada por la pobreza, la desigualdad y a la inestabilidad política surgieron figuras que para el pueblo llano se convirtieron en héroes populares, uno de ellos fue José Tirado conocidos como Pacheco, uno de los bandoleros más famosos de Córdoba.
Natural de Écija y de profesión zapatero Pacheco se echó al monte tras matar a un compañero de afición a las peleas de gallos al que acusó de haber robado su mejor animal, a partir de ese momento su vida quedo ligada para siempre a la violencia la huida y la leyenda.
De baja estatura y complexión frágil, rubio, de ojos claros y tez pálida, Pacheco escondía bajo su apariencia una valentía temeraria y una desfachatez poco común pronto estableció su campo de acción en las campiñas sevillanas y cordobesas, aunque fue en la ciudad de Córdoba donde alcanzo más fama y simpatía popular.
Durante años impuso un sistema de contribuciones a los hacendados de la zona mientras que por otro lado se dejaba ver con frecuencia en tabernas del barrio de santa marina como el cuervo o la cosaria, allí bebía y socializaba junto a figuras tan conocidas como los toreros Manuel Fuentes Bocanegra y Rafael Molina Lagartijo o visitaba a alguna de sus amantes cordobesas en los últimos años de su actividad su nombre lleno las páginas de la prensa local y nacional, los periódicos relataban asaltos, persecuciones y enfrentamientos con la guardia civil. En uno de ellos llego a arrebatar la correspondencia a un conductor y a darle una brutal paliza, antes incluso de estos hechos ya había matado en un tiroteo al comandante de la partida rural de Fuentes de Andalucía.
Su cuadrilla estaba formada por delincuentes conocidos, entre ellos su propio hermano Pablo Tirado que actuaba como lugarteniente, la guariada del grupo se encontraba en una cueva del Termino de posadas desde donde secuestraban a personas para pedir rescates a sus familias.
Aquella etapa del bandolerismo andaluz tocaría pronto a su fin con la llegada de autoridades decididas a erradicarlo a cualquier precio, en septiembre del 1868 el destino de Pacheco se cruzó con la historia.
Córdoba se sumó al levantamiento revolucionario que acabaría con el reinado de Isabel II, el bandolero vio en el caos una oportunidad para obtener el perdón por sus crímenes. Montado a caballo recorrió las calles de Córdoba animando al pueblo al enfrentarse a las tropas realistas. ¡Viva el general Pacheco!, gritaban algunos vecinos acompañándolo hasta el palacio del nuevo gobernador el duque de Hornachuelos, allí ofreció un trato audaz, él y sus hombres lucharían en vanguardia junto al ejército revolucionario a cambio del indulto pero las autoridades desconfiaron, en secreto el general Caballero de Rodas ordeno que un tirador se apostara en el cuartel cercano, al día siguiente cuando pacheco cruzo la verja de la puerta de la trinidad un disparo de fusil acabo con si vida de manera fulminante.
Así murió uno de los bandoleros más célebres de Córdoba, con el tiempo su figura se convirtió en leyenda, el escritor Pio Baroja lo inmortalizo en su novela La feria de los discretos y el pintor Julio Romero de Torres conservo su pistola y su puñal como reliquias de un héroe popular que nació del crimen, pero fue recordado por el pueblo.

